Imagen y revolución, literatura y experiencia: El gusano máximo de la vida misma de Alberto Laise

Díaz Gavier, Candelaria
General

Si se tuviese que decir en pocas palabras cómo es la escritura de Alberto Laiseca, se diría, quizás, que es una hipertrofia de imágenes que ya conocemos. El gusano máximo de la vida misma: un personaje monstruoso de película de terror clase B, las citas a Shakespeare o a Wilde, las cloacas de Nueva York, las cloacas de Buenos Aires, la prostituta, la “cheta”, el necrófilo; a la vez que intervienen imágenes fugaces del escritor, de Alberto Laiseca. Pero lo que se muestra en forma de pastiche (Jameson, 1983), es decir, como imitación de escrituras “originales”, como repetición de imágenes precedentes que no mostrarían más que la incapacidad de experiencia del presente; es un gesto (Barthes, 1986) que oculta a la literatura como último recoveco de la experiencia. Desde ese impulso, las imágenes de Laiseca no son pastiches, sino traducciones. Diríamos desde Benjamin que, en tanto traducciones, esas imágenes manifiestan una intención: la de dar cuenta un “parentesco” (que posibilita la traducibilidad) con sus originales.

En ese parentesco se ubica el realismo de El gusano máximo de la vida misma, pero no un realismo según el cual se representa el mundo, sino un realismo de imágenes. Se trata, diríamos, de una “política poética” (Benjamin, 1980), esto es, de un ámbito de imágenes que se hace ámbito corpóreo de lo revolucionario. Aquí, la literatura como posibilidad de experiencia, y en tanto tal, revolucionaria.